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ENTREVISTA A ENRIQUE FERNÁNDEZ LONGO

Por Gustavo Aquino

A Enrique le gustaba presentarse como explorador de la vida y acompañador de personas. Se dedicó a analizar los conflictos con minuciosidad para poder procesarlos positivamente alentando la creatividad y la búsqueda de valor. 

Abandonó tempranamente la profesión de abogado para buscar la clave que explique qué y cómo somos cuando interactuamos desde nuestros intereses, creencias, deseos y contradicciones. Navegó con placer y pericia las aguas del diálogo, el contacto con el otro, lo relativo, lo ambiguo, ver la vida como un todo interdependiente y entender el poder como la plataforma desde la cual es posible invitar a construir una realidad mejor.

Autor del libro La negociación inevitable (Grupo Abierto Comunicaciones) y coautor de Todos ganan. Claves para la Negociación Estratégica en los ámbitos personal y laboral, (Paidós).

Enrique nos dejó allá por el 2014 y aún extrañamos su facundia.

El eje de la nota es reflexionar sobre los conflictos que no salen en las tapas de los diarios, que no generan reuniones de directorio ni provocan un divorcio.

Podríamos comenzar por definir qué es un conflicto. La palabra viene de confligere, que significa choque. A medida que he avanzado en este tema me fui dando cuenta de que el conflicto es la esencia del ser humano y por eso no hablo más de solución de conflictos. 

Somos humanos. Nuestra capacidad de desear es mayor que la de realizar y esto genera una tensión muy interesante, porque nuestros deseos están llenos de contradicciones. La coherencia es un elemento voluntarista para salir temporalmente del conflicto.

¿Cómo es eso?

Para ser predictible tengo que ser coherente, de manera que no puedo actuar mi conflicto. Entonces tengo que mentirle al otro, generalmente por omisión; no decirle cosas que sé que no le van a gustar. Esa situación funciona muy bien desde el punto de vista social. Una sociedad como la suiza podría ser el ejemplo perfecto. Pero desde el punto de vista de la existencia, no es algo muy humano. Lo decía Almafuerte, en un poema que le dedicó al Kaiser Guillermo de Alemania en 1915, llamado “Apóstrofe”: 

(…) Democracia encasillada,
donde todos son felices, -donde todos
dan la misma sensación de ser felices-
porque nadie es personal.
(…) Democracia subalterna, sin historia,
que es idéntica por siempre
de una punta a la otra punta de los tiempos…
(…) Mientras tú, -zángano y pulpo,
hiperbólico parásito
tenebroso-
te reservas el derecho de ser libre,
de ser hombre, de ser loco,
de ser genio extravagante,
da dar rienda suelta a tus impulsos;
porque Dios así lo quiso, porque Dios así lo manda,
porque Dios te necesita
para el logro de sus planes y designios…
charlatán.

Está eso de que “esto es bueno para los demás, pero no para mí”.

Como muchas utopías… Pensar la sociedad en términos de armonía y disciplina, como la de las abejas, por ejemplo, para que no haya miseria, desocupación, conflictos. ¿Pero a costa de qué? De la libertad, quizá. 

Viéndolo en términos humanos, dado ese punto de vista, la existencia burocrática tiene bajo nivel de conflicto. Pero desde el punto de vista de su propia vitalidad, la cosa cambia. Lo interesante de esto es justamente ser concientes de que estamos administrando dilemas y por eso nunca los vamos a resolver. Podemos atenuarlos, transformarlos. Por ejemplo, ¿qué es la negociación?, ¿qué es el acuerdo? No significa que de ahora en adelante vamos a estar de acuerdo, sino que temporalmente nos pusimos de acuerdo y eso alivia el conflicto, pero el deseo sigue existiendo, porque es múltiple.

Para pensarlo en términos concretos, una vez concluida la huelga, ¿se termina el conflicto? No, porque el tema de fondo es cómo se distribuye el ingreso. Si pensamos en una empresa familiar, los conflictos no terminan nunca. Ahí se mezcla todo, por un lado está la familia que es un sistema de poder y, por el otro, la empresa. Cuando ambas empiezan a interactuar, los conflictos son interminables.

Pero la familia es también una especie de digestor de conflictos, porque puede verse como el ámbito donde se controlan y se manejan los enfrentamientos, las divergencias entre padres e hijos, hermanos, pareja. Y, en ese sentido, cuando no se pueden manejar, los conflictos estallan.  

Hay una frase muy linda de Bert Hellinger: “¿Qué te habré hecho que estás tan enojado contigo?”. Creo que es así. En realidad no nos enojamos con el otro, sino con nosotros mismos. El otro es la anécdota, el pretexto, pero nos enojamos cuando no conseguimos que los demás hagan lo que queremos. Siempre está el deseo de prevalecer y de dominar. Al mismo tiempo, si lo conseguimos, nos desilusionamos y nuevamente aparece la contradicción. Lo divertido de vivir es que justamente que queremos ser Dios y no podemos.

Pero ¿y si pudiéramos? ¿Cuál es, en última instancia, el mérito de Dios? Es omnisciente, omnipotente, tiene todo a su favor. En cambio nosotros estamos llenos de limitaciones, pero también de deseos.

Me gusta la idea de la relación entre conflicto y deseo.

El deseo es el motor de la vida, pero su otra cara es el conflicto. Renunciar al conflicto es renunciar al deseo.

Y ése es justamente el planteo. No ver el conflicto como algo que hay que erradicar, sino analizarlo en su aspecto más vital.

En última instancia, el conflicto es un juego que puede jugarse de muchas maneras. Hay un chiste tucumano muy gráfico. Un día, un changuito se le acerca a Don Hugo y le pregunta por qué está tan gordo.

— Porque no discuto, m’hijo —le responde.

— Sí, claro, mire que va a ser por eso —dice el chico.

— Tenés razón —remata Don Hugo.

(Risas). Es divertido jugar a no oponerse, porque el otro está preparado para un ataque. Ahí aparece la cosmovisión oriental, que utiliza la energía por un canal diferente.

Viajaste mucho por cuestiones de trabajo. ¿Qué diferencias culturales ves, sobre todo a nivel regional, entre argentinos y brasileros, por ejemplo?

En realidad lo que voy a decir puede estar cargado de prejuicios, pero una de las cosas más interesantes de Paraguay, donde trabajé durante muchos años, es la fuerte influencia de la cultura guaraní, sobre todo en el lenguaje. En guaraní no existe la palabra “futuro”. La traducción de la palabra que utilizan para hablar del futuro es “si amanece”. Viven en el presente, tienen mucho más presente que nosotros, que —como dice Julián Marías— somos “animales futuristas”. En ese sentido, “sabio”, en guaraní es arandu, que literalmente quiere decir “el hombre que entiende su tiempo”. 

¿Cómo son las negociaciones entre los guaraníes?

A través del consenso. Todas las decisiones de la comunidad se toman así.

El problema es que nuestra cultura está muy marcada por la lógica del éxito/fracaso, ganador/perdedor.

Sin duda. ¿Cómo salimos de esa lógica? Hay que empezar a pensar a partir de la posibilidad que nos da el encuentro. Lo que puede pasar entre las personas es infinito, pero debo estar predispuesto a que sea así. A mi modo de ver, el conflicto le da origen a la negociación y en ese sentido es un elemento nutriente, porque me abre infinitas posibilidades.

Hoy, una de las cosas que más me divierte es no saber. Si un día decidimos apearnos del héroe y empezar a regar y cultivar el antihéroe, nos vamos a sacar una montaña de encima. Ahí nos vamos a dar cuenta de que estuvimos acarreando un peso enorme nada más que para tratar de sobresalir, prevalecer, monopolizar, atesorar. Para decirlo con una metáfora, en lugar de vivir como coleccionistas, vivamos como marchands, que las cosas circulen, se muevan.

Por eso me gusta la idea de juego. Cuando uno empieza a jugar como una forma de gimnasia cotidiana, cuando empezamos a reírnos de nosotros mismos, se generan relaciones de otro tipo, más ricas, más complejas.

En Así hablaba Zaratustra, Nietzsche señala que el hombre primero es el camello —“yo cargo—, después es el león —“yo quiero”— y, por último, si llega, se convierte en el niño —“yo juego”—.

Maravilloso. Esa perspectiva también es válida para procesar los conflictos. Yo los veo cada vez más como una danza antes que como una pulseada, como un “torcerle el brazo”. La negociación implica tomar decisiones y dejar otras de lado. Cuando uno camina por una calle, elige no caminar por otras. Y al fin y al cabo, negociar es negociar con uno mismo.

Esto me lleva a algo que dijiste al principio, con respecto a que en realidad nos enojamos con nosotros mismos y que el otro es una excusa para expresar el enojo.

Hay una anécdota que se le atribuye a Buda y que no sé si es cierta o no, pero merece serlo. (Ésa es otra cosa que he ganado con el correr de los años; más que el deseo de lo verdadero, tengo el deseo de lo conveniente y eso me ayuda a vivir mejor).

Estaba Buda con dos de sus discípulos. En un momento, uno de ellos se enoja con el maestro y lo escupe en la cara. El otro quiere vengar la afrenta y está a punto de golpear al agresor, pero Buda lo detiene y le dice: “—No es contigo, es conmigo. Además, el que me escupió ya no existe”. El aludido se levanta y se va, pero vuelve al otro día y encuentra nuevamente a Buda reunido con el discípulo que había saltado en defensa del maestro. El agresor se arrodilla frente a Buda, le besa los pies y se va. Buda le dice al otro: “—Este chico estaba tan emocionado ayer y tan emocionado hoy, que no ha podido hablar”. 

La parte que más me gusta es “el que me escupió ya no existe”, porque va en contra de lo que llamamos “prontuario”. El prontuario deja fijada una situación que puede haber cambiado. Muchas veces pienso en los legajos de personal; creo que habría que limpiarlos periódicamente para que no nos confunda la historia, la foto vieja y congelada de alguien que ya no es la misma persona. 

Ahí volvemos al tema del tiempo y la dificultad para situarnos en el presente. No sólo somos futuristas, también dejamos que el pasado nos condene.

Esto me hace acordar a una historia de Ghandi. Uno de sus discípulos le reprocha: “—Pero Maestro, lo que usted acaba de decir en la reunión es prácticamente lo opuesto a lo que dijo la semana pasada”. A lo que el Mahatma responde: “—Lo que pasa es en que la última semana aprendí muchísimo”. 

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